Ladies We Talk About

Antes de que el código Haynes (formalmente llamado Motion Picture Production Code) entrara en vigor en 1934 y nada escapara a las tijeras de la censura, existió un breve periodo de libertad. Fueron cinco años -a partir de la implantación del sonoro en 1929- donde no había tabú alguno en los temas tratados (sexo, promiscuidad, aborto, infidelidad, violencia, drogas y homosexualidad). Las mujeres empezaron a verse en pantalla como sujetos fuertes y de carne y hueso y las lesbianas aparecieron por primera vez. Por supuesto como el tópico de la butch, en contraposición al hombre afeminado.

Pero años antes de que la lesbiana (o una representación mínima de ésta) emergiera en la gran pantalla, los hombres gays ya se habían visto representados. En 1919 la película Different from the others (Richard Oswald) enseñaba a dos hombres que se enamoran, a pesar de no tener un final muy feliz. Y en 1894 en Dickson Experimental Sound Film, se podía ver a dos hombres bailando.

Dickson Experimental Sound Film (1894)

Sabiendo que las películas las hacían los hombres, es fácil ver porqué las lesbianas tardarán un poco más en salir. Casi 20 años pasaron hasta que Urban Gad en su cortometraje de 1912 Wenn die Maske fällt hicera que Asta Nielsen se pusiera ropas de hombre para hacer evolucionar la trama. Y en esa misma línea van sus películas posteriores, en las que siguió el tándem con la superestrella danesa. Son las películas de pantalones: the ‘pants films’. Por ejemplo, en Zapatas Bande es una actriz que interpreta a un ladrón, que luego es confundida con uno de verdad. Una comedia loca.

A Florida Enchantment (1914)

Ese mismo año, el film A Florida Enchantment (1914) de Sidney Drew emerge como el primer referente lésbico. Una mujer descubre una semilla que hace que los hombres actúen como mujeres y las mujeres como hombres. Así que le da una a su criada y otra a su prometido. Al respecto de la semilla, Bruce Brassel en su artículo «The Seed for change: The engerdement of A Florida Enchantment» explica «But she doesn’t turn into a man, she turns into a LESBIAN! Later, when a man swallows the seed, he turns into a DRAG QUEEN”.

The Amazons (1917)

Cuatro años después, la alemana Ich möchte kein Mann sein (I Don’t Want to Be a Man – Ernst Lubitsch) bebe de ella claramente. Lubitsch se pule un poco más en la puesta en escena, pero al final resulta todo mucho más confuso. En esas películas mudas hay de todo. Desde semillas que revierten géneros, y son utilizadas a antojo de la protagonista, a una familia que solo tiene hijas pero quiere hijos y les hace vestirse como tales: The Amazons (1917).

Hamlet (1921)

Hay más ejemplos en estas películas mudas de metraje limitado. Siguen el camino marcado por la dramaturgia alemana, el Honsenroller, que son mujeres vestidas de hombres. Actrices que se travisten de hombres porque la trama así lo requiere. La expresión alemana hace referencia a un juego de parodia, pero en ese camino de transgresión encuentran la manera de darle la vuelta al cánon, mezclando géneros y roles sexuales. Este uso del cross-dressed servía para que las heroínas de las películas pudieran escapar de realidades difíciles, de personas abusivas o para tratar de conseguir algo que les resultaría más difícil como mujer. Eran mujeres independientes y decididas. Se les ha llegado a llamar New Women. Era tan común esta práctica, que la mencionada Asta Nielsen se atrevió a protagonizar Hamlet (1921), cambiándole el género para poder representarlo ella misma.

Seguimos adelante. En 1922 -y por primera vez en la historia del cine- se pudo observar un beso romántico entre dos mujeres, en una escena de una prisión.  Y así está recogido en The Guinness Book of Movie Facts and Feats. Es Manslaughter (El homicida), dirigida por Cecil B. DeMille. A pesar del beso que se pudo ver en A Florida Enchantment ocho años antes.

Manslaughter (1922)
Pandora’s Box (1929)

Y continuamos con las primeras veces. Si aquél era el primer beso lésbico en pantalla grande, en 1929 la actriz belga Alice Roberts dio vida a la primera lesbiana mostrada de forma explícita en Pandora’s Box (La caja de Pandora), dirigida por Georg Wilhelm Pabst. En ella la condesa Geschwitz siente pasión por el personaje que interpretaba Louise Brooks. Y así se muestra, incluso con un baile entre ambas.

Eso sólo fue el comienzo, pero la representación siguió en las películas de Hollywood cuando se estrenó el sonoro. En 1929, en The Broadway Melody Harriet ‘Hank’ y Queenie se dan un beso apasionado de despedida. Son dos mujeres, pero es que además son hermanas en la ficción. ¡Es el Hollywood de antes del código Haynes!

En estos cuatro años hay más ejemplos carismáticos, como la frase que murmuran en Ladies They Talk About (protagonizada por Barbara Stanwyck) al respecto de la lesbiana grande y corpulenta con un cigarro en la boca: “Watch out for her, she likes to wrestle”. Y de ahí a las travestidas Marlene Dietrich y Greta Garbo en Morocco (1930) y Queen Christina (1933). O Borderline, esa película experimental de 1930, hecha por el trío Kenneth Macpherson, Hilda Doolitle y Bhryer.

Ladies They Talk About (1933)

Buenas películas y buenos espejos en los que asomarse. Las lesbianas ya han entrado en la historia del cine. 

Tómate la pastillita

Juego de espejos y cambiazos. Me tomo una pastilla y ya me siento libre. No tengo que ser la señorita que todos proyectan en mí. Puedo ser la mujer que yo elijo ser. Estoy harta de que no me dejen ser yo misma, pues me pongo un traje de caballero y se acabó la tontería. ¿De qué estoy hablando? De una transposición de roles y géneros que aparece en algunas pelis de principios del siglo XX, cuando aún eran mudas. Eso sí, el desarrollo ya es otra cosa. Entiendo que para justificar el punto de partida, la cosa luego no tiene que acabar muy bien. Solo para que se equilibre el resultado.

En 1912, la súper estrella de la época Asta Nielsen ya se pone ropa de hombre para salvar a su amante de la bancarrota en Wenn die Maske fällt (Urban Gad). Aunque va mucho más allá en la trama esta excusa del cross-dressing, cuando en 1914 se estrena A Florida Enchatment (Sidney Drew). Una historia imaginativa en su planteamiento y bizarra en su ejecución. Cuatro años después, la alemana Ich möchte kein Mann sein (I Don’t Want to Be a Man – Ernst Lubitsch) bebe de ella claramente. Lubitsch se pule un poco más en la puesta en escena, pero al final resulta todo mucho más confuso.

A Florida Enchatment cuenta la historia de una mujer insatisfecha con su novio. Y, como tiene a su alcance unas semillas mágicas que te transforman en el sexo opuesto, se toma una y ya es un hombre. Sabemos del cambio porque le sale bigote, aunque se lo afeita enseguida. Pero realmente lo que el espectador moderno ve en esta transformación no es a un hombre -no parece un hombre y no se viste como tal- sino a una lesbiana. Como cita R. Bruce Brassel en su artículo de 1997 en Cinema Journal, sobre la programación de esta peli en el New York International Festival of Lesbian and Gay Film, : “a seed which changed women into men and men into women.  It she doesn’t turn into a men she turns into a LESBIAN!… later when a man swallows the seed, she turns into a drag queen”.

Y ahí está lo bizarro, la mujer cambia su comportamiento y es más libre en sus movimientos. Es decir, más ruda, menos mojigata. La personificación de una butch, como lo entendemos ahora. Pero sigue siendo una mujer a la vista de todos. Con sus vestidos y todo. Pero besa a todas las mujeres que puede y estas se muestran encantadas, para descrédito del novio. No sé cuál sería la reacción a la cinta en su momento (supongo que si eres un hombre tienes que perseguir cualquier cosa con faldas), pero yo, en mi sofá, con mis gafas de ver el trasfondo lésbico en todo, veo a una mujer liberada a la que le molan las mujeres.

La representación de las mujeres en la película es otra historia. Casquivanas, mojigatas, vanales y retraídas. Y va mucho más lejos la historia. Cuando el novio se toma la semilla, la señora en la que se convierte es perseguida por hombres que acaban matándola ahogada en el mar. Hay aquí machismo, pero también homofobia. Se mata al hombre gay con demasiada pluma. Eso no se podía tolerar.

Otras historia es I don’t want to be a man. En ella, una adolescente con aires de malota está cansada de que la mangoneen y decide vestirse como un hombre para poder comportarse como tal. Este el espíritu clásico del cross-dressing o del honsenroller de la dramaturgia alemana.Y claro, por eso la ejecución es más resuelta. Se entiende más. Se viste de hombre y el mundo lo ve así. Las mujeres flirtean con ella abiertamente porque es un caballero con traje (aunque mantiene los tacones, eso sí).

Y en su desarrollo, el film se vuelve interesante. Es un adelantado a su tiempo en cuanto a la muestra de la superación de los roles impuestos por la sociedad. La protagonista pasa de ser una adolescente alocada y enérgica a un caballero joven de la alta sociedad y es así como es percibido. Se da cuenta enseguida que no todo es fácil para un hombre. Pero también percibe que un hombre puede moverse con más libertad y menos recriminación. Que es lo que le pasa a ella todo el tiempo. No se le permite fumar, jugar a las cartas, sentarse con las piernas abiertas…

Aunque el film tiene cierta moraliza. Ya que lo único que al final parece interesarle es ligarse al hombre de sus sueños. Aquí viene la parte enrevesada. Ambos hombres (porque el otro hombre, el no travestido, no sabe que el joven es una mujer) se emborrachan juntos y acaban besándose sin parar en varias escenas. 

Al final no me quedó muy claro qué es lo intenta transmitir la historia. Pero de lesbianas hay poca cosa. Eso sí, las cross-dressed women molan. Y sentaron precedente para muchas otras pelis que se han hecho y que nos han dado muchas alegrías.